Los
Almacenes
Las
aceitunas son el oro verde de nuestra tierra. Entre los meses de septiembre y
octubre se recogen de los árboles, da comienzo al verdeo.
Se llevan a los almacenes donde son
almacenadas en los bocoyes que construyen los toneleros. En la nave del
escogido se clasifican para luego ser deshuesa y rellenadas con pimiento
rojo. En algunos almacenes se rellenan de anchoas.
Son
muchas las personas que me preguntan:
—¿Cuántos
almacenes había en Dos Hermanas?
—Muchísimos,
creo que en cada calle había uno. Si no eran de aceitunas eran de toneleros.
Yo
trabajaba con mi padre en la Autoescuela, pero un día nos enfadamos y le dije
que no iba a trabajar más con él, así que fui a ver a mi prima Ana Mª y le dije
que me pidiera trabajo. Al día siguiente vino y me dijo que me fuera a trabajar
con ella. Mi primer almacén fue León y Cos.
Mi padre en 1966 no renovó el contrato del Economato de la fábrica de yute, así que se dedicó a trabajar en la autoescuela.
Estaban ampliando la empresa de León y Cos, y
pusieron un peso nuevo "el quinto”. Se lo comenté a mi madre, que no tenía trabajo y me dijo que le
pidiera trabajo para ella y para mi hermana Ani, así lo hice y nos pusimos
juntas en el nuevo peso.
Os explico: Cada peso tenía 20 mesas. En cada
mesa había 10 mujeres.
A veces, a mediodía, hacíamos un picadillo y
nos quedábamos a almorzar en el patio. Comprábamos entre todas una gaseosa y
cada una llevaba un huevo, dos patatas, un pimiento, un tomate, una cebolla, de
vez en cuando una lata de atún y algunas chacinas. Para nosotras, era un día de
fiesta. Después, bailábamos y nos peinábamos en los servicios, donde algunas
aprendieron y practicaron el oficio de peluqueras y maquilladoras. Esto se
hacía en todos los almacenes de la localidad.
Esta es la única foto que tengo
de mi paso por León y Cos, ya que como la cámara era mía no salía en las fotos.
Estoy con mi compañera Esperanza. En León y Cos todas teníamos un babi de color verde, un delantal y un gorro blanco. Unas veces usábamos botas y otras zapatos de goma. Había mucha humedad en la nave.
Era normal ver menores a la hora de almorzar en los almacenes. Ellos salían del colegio a la 1 y como sus padres estaban trabajando, si vivían lejos no les daba tiempo ir a comer a sus casas, por eso iban a sus trabajos, luego volvían al colegio hasta las 5 de la tarde.
Las niñas del suelo entraban a trabajar a los 10 años. Se dedicaban a recoger las aceitunas que se caían al suelo. Cuando cumplían los 14 años se colocaban en el relleno o en el deshuesado.
Yo he trabajado en muchos almacenes porque, cuando
se terminaba el trabajo en uno, nos quedábamos en paro y teníamos que buscar
empleo en otros. En aquellos años no teníamos derecho a cobrar el desempleo.
Mi tía Anita
nos contaba que, en tiempos pasados, las comuniones se celebraban en los
almacenes. Muchas niñas venían de pueblos lejanos donde no habían podido hacer
la comunión. Así que la celebraban dentro del almacén, con una misa seguida de
un desayuno. Este desayuno era preparado y servido por las propias
trabajadoras, quienes también decoraban las mesas y las naves donde laboraban.
Mi tía desempeñó el rol de camarera en múltiples ocasiones.
Era una
moda lo de las comuniones. En la fábrica de Textiles del Sur también celebraban las comuniones. Era un día de fiesta no solo para los que hacían la comunión
sino para toda la familia que los invitaban a desayunar. En enero, el día de los
Reyes Magos, algún compañero se vestía de Rey Mago y le daba los juguetes a los
hijos e hijas de las personas que trabajaban en la fábrica o en los almacenes.

A veces se hacía una huelga. Esta foto
pertenece a la primera huelga que se hizo en el almacén de Carbonell en el año
1931. Cuentan que estaba toda la nave «enguachina», o sea que había tanta
humedad y agua en la nave que las mujeres sacaron las mesas y se pusieron a
trabajar en el patio al sol, hasta que acondicionaron la nave. Como os he
dicho, trabajé tres años en los almacenes. En León y Cos había cinco pesos y
cuando hacíamos huelga, a los dos pesos últimos nos dejaban en el paro y los
tres primeros seguían trabajando casi todo el año. Cuando nos dejaban en paro no cobrábamos nada
y teníamos que buscar trabajo en otros almacenes donde nos pagaban menos y
estaban mal acondicionados. Unas veces era una nave sin puertas donde hacía
mucho frío. Otras trabajábamos en el mismo patio. Al año siguiente en León y
Cos cuando vinieron las compañeras de los primeros pesos y nos dijeron que nos
levantáramos, para protestar porque la aceituna era muy chica o el pimiento era
muy malo. Nosotras les dijimos que se levantaran primero ellas porque más malo
era el pimiento en los otros almacenes y no nos queríamos declarar en huelga. Como
ellas no lo hicieron, estuvimos trabajando hasta el mes de julio. Luego me apunté a la guardería Ntra. Sra. de Valme. Tenía que obtener el certificado de Servicios Sociales para poder sacar el carnet de conducir, además del permiso paterno.
Cada vez
que rellenábamos un plato de aceitunas, íbamos al peso y lo pesábamos. A veces
había niñas nuevas que les costaba trabajo aprender a rellenar correctamente y
entonces «la pesaora» que lo repasaba, si veía que no estaba bien relleno, le
devolvía el plato para que lo rellenara de nuevo. A eso se le llamaban darle un «polletón».
Cuando esto ocurría, daba mucha vergüenza y algunas lloraban. En mi mesa se lo
dieron a una chica nueva y entre todas les ayudamos a repasar el plato. Nunca
más le dieron otro "polletón".
En León y
Cos trabajaban muchos toneleros. Al igual que en otros almacenes. Cada día había que reponer la salmuera que se evaporaba en los bocoyes. Ese trabajo lo llamaban "requerir". Lo hacían tanto los hombres como las mujeres.
Esta foto es de mis compañeras de trabajo. Mi hermana Ani está entre ellas. Yo hice la foto.
En León y
Cos había altavoces en las naves de trabajo y ponían música, creo que era una
forma de hacer que no habláramos. Nos poníamos a cantar; cuando quitaban la
música contábamos chistes.
Era el almacén más grande que había en Dos Hermanas.
Entrábamos en verano de seis de la mañana a dos de la tarde, y en invierno de
ocho a cinco.
Un día
nos informaron que, en lugar de tener treinta minutos para desayunar, solo
tendríamos quince. Esto se iba a aplicar en todos los almacenes, y no
entendíamos por qué, ya que nosotras trabajábamos por cuenta propia y nadie
quería alargar el desayuno innecesariamente. Aunque había muchas personas que trabajaban a jornal, como las pesaoras, la parte del Escogido, las niñas del suelo, los toneleros, en fin todas menos las deshuesadoras y las rellenadoras.
Las representantes sindicales se
reunieron con los empresarios en Sevilla, junto al responsable del sindicato vertical,
que tomaría la decisión final. Mi tía Anita, deshuesadora, asistió a la
reunión.
»Durante
la discusión, los empresarios defendieron que quince minutos eran suficientes,
pero una de las representantes argumentó lo contrario. Entonces, mi tía Anita
pidió hacer una demostración.
—¿Puedo
mostrarles algo? —preguntó.
—Sí,
adelante —respondieron.
Mi tía
sacó de su bolso un termo con café, un bocadillo de chorizo y una fruta, y los
colocó sobre la mesa.
—Desde
mi puesto de trabajo al grifo del patio, donde debo lavarme las manos antes de
comer, hay unos 200 metros. Luego, tengo que ir a los vestuarios a unos 100
metros para recoger el bolso, sentarme en el patio, tomar el café y comerme el
bocadillo y la fruta (un plátano, para ahorrar tiempo). Después, debo dejar el
bolso en el vestuario, ir al baño, lavarme las manos y volver a mi puesto de
trabajo. Si ustedes pueden hacerlo en quince minutos, nosotras también.
»El
silencio se hizo en la sala y el representante sindical dijo a los empresarios
que, técnicamente, era imposible desayunar en quince minutos, por lo que nos
dejaron veinticinco minutos.

Os
he contado que mi padre tenía la autoescuela y siempre tenía un coche de
repuesto. En
el almacén de aceitunas, creo que yo era la única mujer con carnet de conducir.
Una fría mañana, decidimos mi madre, mi hermana y mi tía ir al trabajo en el
600 de mi padre. Aparqué el coche en el mismo lugar donde los hombres dejaban
sus vehículos, lo cual causó cierta sorpresa entre mis compañeros al verme llegar en coche.
Poco
después, el maestro se acercó y me dijo:
—Loly, ¿ese 600 blanco es tuyo?
—Es
de mi padre, ¿por qué?
—Ve y sácalo del aparcamiento y llévalo al
llano frente al almacén.
—¿Por
qué? ¿Está mal aparcado? ¿No se puede aparcar allí?
—Ese
aparcamiento es para los que trabajan en el almacén —dijo él.
—Yo
trabajo en este almacén, y antes de sacar mi coche, tendrán que sacar todos los
vehículos que hay allí, incluidas las bicicletas —repliqué eso, consciente de
que el maestro tenía una bicicleta.
—Si
todas las mujeres empezáis a traer coche, no habrá espacio para todos.
—Lo siento mucho, pero no pienso sacar mi
coche.
Mis
compañeras comenzaron a protestar, y el maestro se marchó enfadado. Yo continué
llevando el coche al trabajo y siempre lo aparcaba dentro del almacén, mientras
el maestro me observaba con desaprobación, pero sin decir nada más.
Una
vez tuvimos la visita de los americanos que compraban las aceitunas a León y
Cos. Sacaron fotos y hacían videos de cómo rellenábamos, deshuesábamos o se
escogían las aceitunas, también a los toneleros, incluso a las herramientas que
utilizaban.
Más tarde los bocoyes fueron sustituidos por
garrafas de plásticos, y eso terminó con el trabajo de los toneleros. Las
máquinas de deshuesar y de rellenar automáticamente que trajeron los americanos
sustituyeron a las mujeres, todo esto unido al cierre de los almacenes. Unos se
los llevaron a otros pueblos y otros lo cerraron. Vendieron el terreno para
construir viviendas. Hoy en día quedan algunos almacenes, pero el río de
mujeres que por las mañanas llenaban las calles de mi pueblo… ¡Eso ha
desaparecido!
Había
algunos almacenes donde se dedicaban solamente al envasado de las aceitunas
rellenas, de pimientos, anchoas o de almendras y las ponían en botes. Como en la fábrica Libbys, también hicieron
zumos de frutas y kétchup, pero es otra de las muchas empresas que cerraron. Esta empresa
fue muy importante en nuestra ciudad; hacía unos zumos muy ricos. Estuvo
funcionando hasta diciembre de 1991. Además, tenía comedor para que sus
trabajadores pudieran descansar durante sus comidas.

En la puerta de los almacenes nos esperaban las diteras. A veces eran compañeras nuestras que ejercían ese doble trabajo. Ellas nos traían ese ajuar que muchas comenzábamos a reunir para nuestra boda el día de mañana. Les íbamos pagando poco a poco. A veces si nos gustaba un vestido de una tienda se lo decíamos y ellas lo traían y nosotras se lo pagábamos poco a poco. También les comprábamos pendientes, collares y todo lo que había en aquellos tiempos. Además, también había diteros en nuestro pueblo. Si querías comprar algo especial y no podías ir a Sevilla, se lo encargabas y eran «los cosarios» los que lo traían. Luego se lo pagabas a «ditas», o sea poco a poco.
Una mañana, estando a punto de entrar a trabajar en León y Cos, vimos a la Juana venir subida en una escoba larga con «el loco de la granaína». Os cuento lo que le ocurrió:
En el bullicioso barrio de San José, vivía José, conocido como "el loco de la granaína". Cada mañana, se apostaba en la puerta del bar El Carrillo, disfrutando de una copa de aguardiente seco, mientras observaba a las mujeres que se dirigían a trabajar en los almacenes de aceitunas.
José tenía una peculiar ocupación: fabricaba escobas largas, ideales para limpiar telarañas en los altos techos de las casas. Una de esas mañanas, vio a Juana, una mujer que le temía, acercándose apresuradamente. José, con su semblante serio, se dirigió hacia ella y le preguntó:
—Juana, ¿adónde vas tan de prisa?
—¡Déjame, José! Voy tarde al trabajo en León y Cos.
José, imperturbable, le ofreció:
—Súbete a mi caballo, te llevo.
—¡No, José! Estoy cerca ya.
Pero José insistió, con determinación:
—¡He dicho que te subas, mujer!
Temerosa, Juana accedió y se montó en la escoba. José, con aire de caballero, le dijo:
—Agárrate bien, ya casi llegamos. ¡Relincha, Juana!
Juana, entre sollozos y risas, obedeció: “Hiii, Hiii”. José, con entusiasmo, continuaba: “¡Tacatá, tacatá!”. Así llegaron al trabajo, y ante la mirada asombrada de todos, José la llevó hasta su mesa, exclamando:
—¡Relincha, Juana!
Entre risas y murmullos, Juana, humillada, solo pensaba en su marido y murmuraba:
—¡Si se entera, me mata!
A partir de ese día, Juana iba al trabajo en bicicleta, evitando al loco y su escoba. No fue la única en sufrir las excentricidades de José; muchas mujeres del barrio compartían historias similares de sus encuentros con "el loco de la granaína".
Los maestros de los almacenes chicos, iban a la puerta de León y Cos y nos proponían que fuéramos a vela a sus empresas. Nosotras fuimos muchas veces. Entrábamos de 7 de la tarde hasta las 11 de la noche.
Yo fui poco tiempo porque me apunté a un curso de Auxiliar Administrativa que hizo el P.P.O ( Programa de Formación Profesional, Obrera) lo hicieron a través del Ayuntamiento de Dos Hermanas. Fui a la prueba y me admitieron. Tenía que entrar de 5 de la tarde hasta las 10 de la noche. Le pedí permiso al maestro para salir y me lo dio. Comenzamos a primeros de Octubre y terminamos el 18 de Junio. Hay amigas que todavía recuerdan que yo con los libros forrados con plásticos estudiaba mientras rellenaba.
Cuando terminé el curso las profesoras nos trajeron la solicitud para que la rellenáramos. Estaban construyendo un gran hospital en Sevilla (El Virgen del Rocío) y necesitaban auxiliares administrativas. Mi padre no me firmó la autorización. Me dijo que Manolito (el joven que trabajaba en la oficia), se tenía que ir a la mili, y yo tenía qué volver a trabajar en la autoescuela. Mis compañeras se colocaron todas en el hospital.
En
aquellos tiempos las mujeres teníamos mucho trabajo. Después de salir de los
almacenes había que recoger a los hijos o hijas, unos estaban en las guarderías
y otros en casa de los abuelos. Había que bañarlos, preparar la comida para el
almuerzo del día siguiente y la cena para esa noche, aparte de lavar los
pañales y la ropa a mano. La lavadora llegó a nuestras casas sobre los años 70.
La casa se limpiaba los sábados por la tarde o el domingo porque el sábado por
la mañana se trabajaba. La ropa se lavaba los fines de semana, sobre todo las
sábanas, aunque la ropa interior se lavaba cada día, ya que era escasa. En
verano se tendía en el patio y en invierno se secaba debajo de la camilla con
el calor de la copa de cisco. Entonces no había mucha ropa y esta se heredaba
de los hermanos mayores o de algún familiar o vecino, lo mismo ocurría con los
zapatos. Los cobertores (las mantas) y las colchas se oreaban en el patio.
Después
de tanto trabajar, algunas compañeras llegaban al almacén al día siguiente con
un "ojo morado" porque su marido les había pegado una paliza. ¿Por
qué? ¿Por celos? ¿Celos de qué, de quién? ¡Eso querían saber ellas! Quizás porque venían
borrachos, ¡Vaya usted a saber! Pero si acudías a los municipales a
denunciarlo, te decían que ellos en cosas de matrimonios no se metían. Incluso
los padres les decían: "Con la cuchara que has escogido, debes comer toda
la vida". O sea, hasta que la muerte os separe.
Hubo
mujeres que se arrojaron a las vías del tren, otras se ahorcaron o fueron
asesinadas a golpes. La familia decía: "No entendemos nada, siempre han
sido felices". ¿Felices? ¡Harta de palizas injustificadas, de trabajar, de
cuidar la casa, a los menores, a los mayores enfermos, tanto a sus padres como
a los suegros! Así vivían muchas mujeres, y esa era la razón por la que tenían
una gran depresión. En aquellos años, no era delito pegarle a una mujer. Muchos
hombres lo hacían habitualmente.
Algunas
compañeras contaban que sus padres les pegaban a su madre y a todos los hijos, y nos
decían que nunca habían tenido una conversación con él. Solo recordaban sus
borracheras y las palizas. La pobre madre los protegía. A veces, cuando sentían
que llegaba a la casa, se escondían debajo de la cama. Menos mal que el
comportamiento de los hombres actuales está cambiando. Pero por desgracia, aún
siguen asesinando a muchas mujeres.
A
las mujeres nos ha tocado llevar toda la carga familiar. Nuestra vida siempre
fue dura; desde pequeñas se nos inculcó que teníamos que cuidar de los mayores
y ayudar a nuestras madres en los trabajos de la casa. En cambio, los varones
se pasaban la tarde jugando en la calle. Yo les tenía envidia y, más de una
vez, le dije a mi madre que me gustaría haber nacido hombre.
Cuando
me fui a jubilar, pedí una vida laboral y vi con sorpresa que de los tres años
que había trabajado en los almacenes, solo habían cotizado unos tres meses. Yo
había ido pagando mi seguro cada día, ellos me lo descontaban de mi jornal. Se quedaron con mi dinero. Eran
unos sinvergüenzas.
Los
niños y niñas por la tarde hacían los deberes y luego se divertían leyendo
los tebeos que se cambiaban en el quiosco. Otras veces jugaban en la calle
hasta la hora de cenar. En nuestro pueblo crearon dos guarderías: Ntra. Sra. de
Valme y la Milagrosa, ambas dependientes de Auxilio Social, y regentada la
segunda de ellas por las Hijas de la Caridad, anexa a la Casa de Socorro,
Maternidad y Asilo Municipal.
Una de las guardería más grandes estaba situada frente
al barrio San José. Todavía existe el edificio y la podemos ver desde el puente
peatonal. Las madres los llevaban a casa de las señoritas que trabajaban en las
guarderías, porque abrían a las ocho y media y ellas tenían que entrar a
trabajar en invierno a las 8 y en verano a las 6 de la mañana. Luego, ellas se
los llevaban a la guardería. Allí les daban el desayuno, el almuerzo y la
merienda. La guardería era solo para hijos e hijas de familias trabajadoras,
que justificaran que trabajaban los dos y no podían cuidarlos. Yo tuve a mis hijos
en esa guardería. Mis primos, algunos entraron con la cuarentena y salieron
cuando hicieron la comunión. Había una piscina donde los enseñaban a nadar.
Dª
Brígida García García fue la primera mujer que aderezó aceitunas en Dos
Hermanas para servirlas en “la pensión Campos”. Fonda y café de su
propiedad, situada al comienzo de la calle Real.
Ella
y su marido D. Manuel Valera Gómez pusieron el primer almacén de aceitunas y
las exportaron a Estados Unidos.
Una historia sobre mi madre.
Mi abuela Ana Guerrero trabajaba en la fábrica de Yute en el turno de noche. Su marido Cristóbal Guerrero estaba preso. A mi abuela la fábrica le alquiló una vivienda en el barrio San José.
Mi madre y mi tía eran gemelas. A los 10 años, las gemelas
dejaron de ir al colegio y se fueron a trabajar. Isabel comenzó a trabajar en la
Huerta Casanova, recogiendo las aceitunas del suelo. Su hermana gemela, Anita,
trabajaba de niñera. Isabel se puso enferma y no podía ir a trabajar. Su madre
pensó que Anita podía sustituirla, ya que se había quedado sin empleo. Se lo
dijo a una vecina y, tras las explicaciones de Isabel y de la vecina, Anita se
fue a trabajar a la Huerta Casanova.
Pero al cabo de dos meses, el
maestro le pidió a Anita que fuera a ver la hora que era, porque se le había
parado el reloj. Anita no entendía el reloj y se hizo la despistada. El maestro le
preguntó por la hora y ella, nerviosa, se puso a llorar. Le confesó que no era
Isabel, sino su hermana gemela. Paco, cuando terminó la jornada de trabajo, la
acompañó a su casa subidos en la bicicleta. Cuando Ana vio entrar a su hija y
al maestro, le pidió perdón y le explicó que tenía muchos hijos y no podía
prescindir de ese jornal porque necesitaba las medicinas para su hija Isabel.
El maestro quiso ver a Isabel, que yacía en la cama con mucha fiebre. Paco le
dijo que cuando Isabel se pusiera bien fuera al almacén. Así lo hicieron y
cuando llegaron las dos, el maestro les dijo: "Isabel, tú te quedas en el
relleno y Anita, tú te vas al deshuesado". Una vez separadas, con el
tiempo, una fue rellenadora y la otra deshuesadora.
Después de varios años trabajando en los almacenes,
Isabel encontró trabajo de dependienta en un puesto en la plaza de Abastos. Más
tarde, tuvo su propio puesto de ultramarinos, donde conoció a su marido
José López Arias “El Pilongo”.
©Loly
López Guerrero.